Claro está que si el niño sabe,
¿cómo lo controlarán las ideologías?
(¡no sabe, no sabe!)
Mejor demostrémosle
que es ignorante
(¡tiene que aprender!),
que no puede aprender por sí mismo
(¡orejas de burro le vamos a poner!).
O creémosle la ilusión
de una libertad mal entendida,
y así que los medios de comunicación
hagan su labor
de pájaro carpintero.
-Montado a partir de un texto de Manuel Asensi Pérez en el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia del día cinco de setiembre de dos mil siete.
"Los hombres no saben por qué consagran una obra de arte. Pese a no ser, ni mucho menos, conocedores, creen descubrir en ellas cientos de cualidades para justificar tanta aceptación; pero la verdadera razón de sus favores es un imponderable: es simpatía."
(Thomas Mann; "La muerte en Venecia")
¿Acaso lo dudaban? Las razones de peso son algo huero; la sinrazón de la atracción es mucho más importante. Simpatía sospechada, simpatía intuída o simpatía consumada: simpatía al cabo, que nos sitúa en la proa de la nave que realiza este o aquel afán -que confirma este secreto pensamiento al que quizá no supimos dar la forma cuya perfección, ante nuestro embelesamiento, desvela amoroso el nuevo compadre.
Ay de los desmemoriados, que olvidaran todas sus simpatías y afinidades en noches de estrago y brumas alcohólicas, pues de ellos no quedará ni la sombra de lo mediocre.
[No me gusta la imagen de la nave. Sí me gusta el viento contra mi rostro. El aroma a salitre. El rumor del agua. La disgregación mía.
"...casi todo lo grande que existe, existe como un "a pesar de", y adquiere forma pese a la aflicción y a los tormentos, pese a la miseria, al abandono y a la debilidad física, pese al vicio, a la pasión y a mil impedimentos más." (Ibídem)
"Ojalá estuvieras aquí", pensó el viajero en un suspiro, "para así disfrutar contigo aún más de lo que estoy disfrutando."
Su amante, esa noche en otros brazos, otro aliento, se sonreía pensando exactamente lo mismo.
Ya he leído Lolita -hace algún tiempo ya; uno es de natural distraído, anárquico y prudentemente hedonista. Y alcohólico.
Ahora no les contaré nada.
"Yo busco a una mujer para casarme con ella; que aguante alguna que otra -o todas- mis borracheras y, por tanto, mis disparates; que me piense como una suerte de ángel caído, con talento y posibilidades, y así consecuentemente crea que acaso algún día me acercaré a algo -lo que sea; sólo un acercamiento.
Que soporte, por otra parte aunque en la misma línea, mis imprecaciones y después acepte mis impetraciones y me disculpe al fin; capaz de interesarse o de fingir interés por cualquier bobo tema de conversación que tratemos; con un sentido de la ironía, del sarcasmo y del insulto sensibilísimo y desollador.
Necesitaría de ella que me encadenara a un rincón y me acariciara como si fuera yo un perro manso; y cuando más bien sea un erizo con todas las púas listas me tire la comida sin mirarme siquiera."
(¡La pistola! ¿Dónde está la pistola?!)
He empezado a leer Lolita. Otro tocho.
Me cansa mucho el tono de Humberto. Tanta floritura y metáfora desaforada -aunque esté bien pensado encubrir la sordidez del crimen bajo una pátina de poesía.
Y al llegar a la segunda parte el ritmo se adensa. Está bien, vale; es voluntario. Pero me cansa. Espero que haya algo más de acción.
Por otra parte: algunas expresiones me divierten. Me descojono. Como aquella de "hice que cerrara su puño inexperto en torno al cetro de mi pasión". O algo así.
Y cómo describe su excitación: muy bien, muy logrado, puede llegar; de hecho, dudaba que tras la primera sensación de repugnancia pudiera levantar mi interés por la historia. Pues sí lo ha conseguido.
Pero la segunda parte se me está atragantando.
Espero terminarlo antes del fin de semana y así les diré. Confío en Vladimir, claro.
Qué cándidez y qué falta de criterio la mía.
Observaba el vagón como una perspectiva inacabada -el techo fingía un punto de fuga -toda cubierta de rostros desiguales.
Rostros efímeros ocupaban fugazmente algunos espacios vacíos entre los viajeros.
Ahí estarías tú.
Cómo mola la peli de Batman dirigida por Tim Burton. Qué elegancia en los trajes de los hombres oscuros todos, con sus bufandas grises, sus levitas abrigos y gabardinas negros; qué hortera la Basinger; qué grandes las gafas.
El color. Entre la penumbra y el color aplacado. La iluminación, tenue.
El Joker -"yo soy un artista"- de abigarrados colores y peregrino sentido del humor -claro, es un artista, un verdadero artista del crimen, ¿verdad?
Especialmente me gustó la pelea de Batman contra los matones del Joker en el callejón, con la Basinger fotografiando desde un alto. Qué buena excusa para darle ese toque cómic -incluso de reverencia a aquella serie antigua de disfraces de licra y héroe con lorzas; la del "Buff!" y del "Plas!" en pantalla, en letras grandes-, aprovechando los flashes de la fotógrafa para alumbrar cada golpe -sólo faltaba el "Buff!" o el "Crack!".
Muy divertida, sí señor. Y además un algo de Ciudadano Kane en las comparecencias de las autoridades y en la mansión -castillo, señor, más bien castillo- Wayne.